domingo, 28 de noviembre de 2010

Tarde en el café de combate de los pozos


Conocí a un señor, era como de la edad de mi papá, era como él de calvo, enano, y extraño, porque con papá nunca hablamos mucho.

Estaba sentada a unos cafés de distancia, justo donde el horizonte de un cenicero nos declaraba la guerra. Parecía un señor preocupado, de esos a los que se les nota que conocen preocupaciones antes que problemas. Tenía ramas por todos lados, en la cabeza le crecía un ombú y él no estaba enterado. Mientras su boca devoraba tabaco leía un libro, no pude evitar pensar cómo lograba leer con tantas ramas que le crecían de ese arbusto craneal. No llegué a ver de qué autor se trataba, a juzgar por su cara de cáncer totalmente asumido creo que a Camus, sí.. un Albert de papel, un Albert que lo aprehendía antes de que él lo pueda leer, y mucho menos llegar a entender.

Y en el ejercicio apurado de la nicotina los labios se le desarmaban como un par de tetas blandas rodando por un torso viejo y transitado, procurando tener transmisiones de direcciones binarias, por placer ilimitado, con un aliento afrodisíaco como pronóstico reservado, una boca en la espera de un entrecruce de significancias, una boca que todo lo eyacula.

Pronto las horas le convidaron con algo de condescendencia y gin tonic, ya el café le sentaba inmaduro y hasta tendencioso, tengo la sensación que después de algunos dramas y unas cuántas copas la vida se le hizo más habitable, un lugar más seguro donde vivir.

Entonces me vió, el extraño con esa cara de Miguel, y de Pedro y Roberto y cualquier gasista que visitó alguna vez casa, me miró comprometido, y por un instante dejó de ser un extraño, en su silencio veló por mi causa, que sin ir más lejos, es la misma causa de todos: la vida misma.

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