jueves, 21 de octubre de 2010

Un buen tipo

Nos acostamos y levantamos en función de nuestras persianas, y no lo sabemos, qué terrible nuestra falta de conocimiento, ellas dominan nuestras vidas, condenan como el filo de una guillotina al caer, y levantarse, casi infinitamente. Estamos tan ocupados en ocuparnos demasiado. Un ojo abandona el cosmos onírico y el hemisferio izquierdo ya está mirando el reloj. El cadáver de nuestra saliva no nos alarma, se enterrará en su féretro de seda, nadie la va a ver, nadie sabrá de él, el modelo de pulcritud tiene también su excepción: no está lo que no se ve. Pero las redes de moco enternecido, ni hablar de la muerte que disipó la boca en su retirada nocturna, crece de ella un pantano y una boa, el pelo como analogía de compromiso social, visiones matutinas ridículamente pequeñas. Estaba tranquilo porque no me encontré lagañas.


Vocablos, y primeras palabras.
Las sombras sin vías de acceso, el horizonte de un baño, una meada enorgullece a nuestra vesícula, al inodoro, porqué no a nuestros padres, a nosotros mismos. Somos libres, los órganos restantes nos vuelven a querer, adiós pis, el botón se traba como siempre-que lo arregle el próximo que venga a mear, sí, eso es democracia-.
Un trabajo bien, con gente bien, sueldo bien, ya el ñoqui de partes duras bosteza y suda, una mecánica humanizada de la máquina del futuro, ¡sorpresa!sos vos hoy.
Y tenemos esperanza, en seguir siendo de ‘los bien’, almorzamos pizza recalentada de ayer mientras intentamos entablar un diálogo sobre el recortado trato de unas conocidas que se regalan permitidos de la pizza veterana mientras los digieren por los ojos.
La estafa moral de la amabilidad, ‘¿hola cómo están?, ¿y el trabajo cómo las trata?, y sí, el viaje cansa mucho, son muchas horas’.
Son muchas boludeces juntas para decir tan temprano.
En esta charla las deudas de los ombligos con las pelusas consternan. ¡Son chiquitos que actúan entre el sí o el no!
Nos sedujo la sal, y el mar de colesterol, porque sus miradas a la pizza no corresponden al viaje a Mar del Plata, pero es bueno charlar, es bueno, lo hace la gente bien, la gente que encuentra y vive en felicidad, sí, charlas donde cualquier alcance pueda imponerse a la infinidad.
El lenguaje apenas podrá mantenerse tibio, pero qué importa si seguimos siendo bien, perfeccionándonos en este estilo, definiendo la hipocresía con la más digna prosa, casi con respeto.
Fue un gusto, bella charla, te me fuiste un miércoles a las 13:09 por vibrantes eructos mudos de dama ataviada a una clase ficticia. Fuiste bella, sólo eso, frívola y superficial.
Camino a casa no voy a pensar en vos, no vas a lograr dejarme recapacitando en nada más que la nada misma, tampoco me vas a poner en crisis con mi lenguaje, no vas a remover mis recuerdos, mi pasado, mis valores, ni mi universo psicológico, vas a ser una charla, una más.

La esperanza de cuatro paredes hartas de mirar por entre sus piernas, tantas charlas se acumulan, tantas ganas se me escapan.
Una habitación que parece un consultorio abandonado, un muestrario de ruido muerto, poblado de alacranes parecen estar los cielorrasos.
Y mientras la decepción de un libro que no quiero ni puedo terminar me roba el alma, mi antebrazo se reporta desaparecido.
Los felpudos croan llenos de significados, piden abrazos, pero en la lista de espera mi caso requiere atención urgente dado su gravedad.
Un deseo que hace resbalar el suelo por sobre la ventana.
Es un engrudo, mi engrudo: donde cohabitan las circuncisas lenguas y tic tacs, allí, sentados a unas mesas de luz de distancia. En el goce asexuado del ocio. Allí morimos todos juntos.
Un hogar híbrido, pero propio, un hogar que con solo estar y verse, me hace normal y buen tipo, un hogar con hasta postura política, con ruidos y respiros invariables, de infantes y adultos, mascotas y televisores, donde de las paredes crecen paisajes de bonitos marcos dorados.
Entonces habrá llegado ese momento, habré creado la realidad: una casa, un auto, un pastor alemán, mujer e hijos, ahora sí: soy el enemigo de mis utopías.
Y la reticencia camina erecta por la tarde, y llegadas las seis muere en un grito mudo al atravesar el garage,
Un pedazo de cemento sobre tanto césped verde, somos yo y este hogar.
Y aquí estamos:
flojos, y vacíos.
Con extractos de recuerdos en las uñas.
Rutas epistémicas en el cuerpo,
Aquí estamos:
Desvaneciéndonos con orgullo y gloria, por pedido y recomendación propia,
Creyendo que desaparecemos con gracia.

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